Ayer escuché y leí el nombre de Lo Argentina de una manera en que nunca hubiera querido hacerlo.

Para muchos era el lugar donde había ocurrido un homicidio. Una localidad de la comuna de Pichidegua que, por algunas horas, apareció en redes sociales, medios de comunicación y páginas policiales. Para mí era otra cosa. Era nuestro pueblo. Eran nuestras calles, nuestros vecinos, mis padres, mis hijos. Era el lugar que siempre he sentido como refugio.

Y entonces entendí que existen noticias que simplemente no se pueden mirar como espectador.

Lo Argentina es un pueblo pequeño. De esos donde todavía nos conocemos, donde sabemos quién vive unas casas más allá, donde saludamos a nuestros viejos y estamos pendientes de ellos. Tenemos dos iglesias, un colegio multigrado, un club deportivo y organizaciones que mantienen viva una comunidad que se ha construido durante generaciones.

Tenemos pocas calles, la mitad de ellas de tierra, pero muchas historias compartidas.

Todavía dejamos las bicicletas afuera del negocio porque confiamos en que cuando volvamos van a seguir ahí. Todavía podemos conversar afuera de nuestras casas. Todavía sabemos quién es hijo de quién, quiénes fueron nuestros compañeros, quiénes crecieron con nosotros y quiénes, con los años, fueron formando sus propias familias.

No digo esto porque Lo Argentina sea un lugar perfecto. Lo digo porque quienes vivimos ahí conocemos esa tranquilidad particular de los pueblos pequeños. Esa sensación de llegar a casa y sentir que el mundo, por un rato, queda afuera.

Hasta ayer.

Ayer murió violentamente una de nuestras vecinas.

Para una investigación será necesario hablar de una víctima, de circunstancias, diligencias y responsabilidades que deberán ser esclarecidas por quienes corresponde. Yo no quiero ni puedo adelantar ninguna de esas conclusiones.

Pero para quienes crecimos ahí es imposible reducir lo ocurrido a esas palabras.

Era la señora Silvia.

Una vecina. Una madre que cuidó y crió con amor y dedicación a sus hijas. Hijas que crecieron con nosotros, con quienes compartimos etapas de nuestras vidas y que después también se convirtieron en madres. Como ocurre en los pueblos pequeños, nuestras historias se fueron cruzando naturalmente, convivimos, nos encontramos, nos saludamos, nos respetamos.

Por eso duele.

Duele pensar que mientras muchos seguíamos con nuestras rutinas, trabajando y mirando de vez en cuando el teléfono, una de nuestras vecinas estaba viviendo momentos de terror precisamente en el lugar donde cualquiera de nosotros debería sentirse más seguro: su propia casa.

Ayer también estaba trabajando. Miraba las redes sociales y cada nueva información me producía una sensación difícil de explicar.

Pensaba en mis papás, pensaba en mis hijos, pensaba en los mayores que viven en Lo Argentina y en tantos vecinos que han pasado buena parte de sus vidas confiando en la tranquilidad del lugar donde nacieron, criaron a sus familias y envejecieron.

Pensaba en nuestras casas y en nuestras rejas, porque aquí nunca imaginamos que cerrar una reja pudiera significar intentar evitar que alguien entrara a matar. La cerramos por costumbre, por los perros, porque terminó el día. No porque desconfiemos de quien camina por afuera.

Y quizás esa sea una de las cosas que más nos duele de lo ocurrido.

Tenemos miedo de que algo se haya quebrado entre nosotros.

No solamente porque perdimos a una vecina de una manera brutal, sino porque por primera vez muchos sentimos que aquello que siempre observamos por televisión, aquello que ocurre en otros lugares y que lamentamos desde lejos, también podía ocurrir aquí. En Las Higueritas. En Lo Argentina. En nuestro pueblito.

Es inevitable preguntarse si pudimos haber visto algo, si había alguna señal que alguien pudo advertir, si alguna conversación pudo producirse antes. Son preguntas que probablemente nacen de la tristeza y de la impotencia de saber que ya no podemos cambiar lo ocurrido.

Pero también hay una pregunta que sí podemos hacernos hacia adelante: ¿cómo evitamos que el miedo termine llevándose también nuestra manera de vivir?

No queremos que nuestros mayores comiencen a mirar con temor hacia afuera. No queremos que nuestros niños aprendan que la única manera de estar seguros es desconfiando de todos. No queremos dejar de conocernos, de preocuparnos por el vecino, de preguntar cómo está el que vive al lado.

Al contrario.

Quizás después de algo tan doloroso necesitamos hacer todavía más comunidad. Mirarnos más. Escucharnos más. Atrevernos a preguntar cuando creemos que algo no está bien. Entender que cuidarnos también significa estar atentos al sufrimiento que puede existir detrás de una puerta que siempre vimos cerrada.

Hoy sentimos pena por nuestro pueblo, porque durante unas horas Lo Argentina dejó de ser, para quienes miraban desde afuera, ese pequeño lugar tranquilo que nosotros conocemos y se convirtió en el escenario de una noticia terrible.

Las cámaras se irán. Las publicaciones dejarán de circular. Aparecerán otras noticias y el nombre de nuestro pueblo desaparecerá de los titulares.

Nosotros, en cambio, vamos a seguir aquí.

Volveremos a caminar por los mismos callejones. Los niños seguirán creciendo aquí. Volveremos a encontrarnos y a saludarnos.

Pero nos faltará una vecina.

Y probablemente durante mucho tiempo, cuando pasemos por Las Higueritas, recordaremos que una mañana el miedo llegó hasta un lugar donde nunca pensamos que podría llegar.

Ojalá ese miedo no nos cambie. Ojalá nos haga cuidarnos más.

Y ojalá que, cuando el ruido de esta tragedia finalmente se apague, seamos capaces de seguir haciendo aquello que durante generaciones convirtió a este pequeño lugar en nuestro hogar: seguir siendo vecinos.

Tamara Jofré Salinas
Vecina de Lo Argentina

Print Friendly