
Y se fue. Al final su avanzada edad no soportó el costo del deterioro en su salud que, irónicamente, lo tomó hasta agotar sus fuerzas. Irónicamente porque pocas personas en Doñihue tenían su capacidad para curar heridas, levantar enfermos, dirigir por años una Cruz Roja cuando los Samus, Postas de primeros auxilios u hospitales eran (y todavía son), un sueño en ese pequeño y querido pueblo de chamantos, aguardiente y chacolí.
Por eso mismo lo lloran y llorarán sus “samaritanas” de la Cruz Rojas o lo recibirán donde quiera que estén varias de ellas, entre las cuales mi madre que bajo su tutela aprendió a colocar inyecciones pero principalmente a ser generosas a la hora de acompañar un enfermo, colocar una inyección cuando la gravedad exige acompañar cualquiera sea la hora del día.
Lo esperarán también los grandes del Jota U, su equipo de toda la vida. Pancho Negro entre ellos y quizás cuantos más que con el tiempo se encargó de repartir camisetas en el cielo al grito del ronco Carlos Cuevas que nos congregaba en cada partido de día domingo.
Que decir entonces de don Daniel y la señora Julia, formadores de una familia ejemplar, más que propietarios del almacén de la esquina donde se podía comprar desde un poco de harina tostada a zapatos que don Aquiles, el flaco Tobar, don Rigo Valdivia o don Daniel Aguirre servían con la paciencia de santos porque el “jefe Aquiles Carrasco” era tan solo uno más.
Hasta siempre, don Aquiles y hasta donde el Creador decida recibirlo porque lo merece, porque se lo ganó a punta de buena voluntad, solidaridad y amistad sincera
Tebni Pino Saavedra









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