Ramal Talca-Constitución, un paseo por nuestros sueños infantiles

Estación González Bastías

Cuando a los muchachos de hoy se les habla del tren, lo más próximo en sus memorias son, el Metro Tren o, cuando mucho, el Metro de Santiago. Sin embargo desde Talca a Constitución se resiste a morir el viejo ramal que, a la increíble velocidad promedio de 30 km. por hora, recorre los poco más de 80 kilómetros que separan la capital regional con el bello balneario del Maule.

Puntualmente, a las 07:30 de la mañana, el pito del buscarril, como es llamado por los ferroviarios, inicia su (lenta) marcha desde Talca por una línea de trocha angosta que, pareciera, a cualquier momento descarrilaría los dos carros que lo componen. Ojo atento al trazado, el maquinista observa si por casualidad algún animal se cruza y en pitazos estridentes y prolongados disminuye la marcha y alienta al perro o ternero que corre temeroso por la línea hasta alcanzar un espacio donde alejarse.

Pero no es todo. Para quienes hoy se nos acostumbra a cumplir fielmente con los preceptos legales, la parada del convoy cuando el maquinista percibe una mano en alto, causa sorpresa y arranca sonrisas de los turistas que, por decenas, utilizan ese medio como una forma de volver a su infancia pero que, en el caso de los usuarios cotidianos, trabajadores agrícolas, o bien lugareños que necesitan abordarlo, “hacer parar el tren es cosa habitual entre nosotros”, dicen.

Ramal Talca-Constitución, un paseo por nuestros sueños infantilesY así, lentamente, se van sucediendo las “estaciones”, muchas veces apenas una casucha donde se guarecen los pasajeros cuando llueve o capean el sol cuando el verano se hace presente. Curtiduría, Corinto y otras, anteceden el punto neurálgico del trayecto, siempre bordeado por el bello río Maule que desde sus aguas caudalosas saludan el tren con su habitual calma. El tren se aproxima a la mitad del recorrido. Esto es, la estación de González Bastías, donde un enmarañado de rieles indica que se encuentran, el convoy que viene de Constitución y el que se dirige a esa ciudad.

Es también y para muchos, el momento de correr hasta un pequeño restaurante donde entre cafés con leche o sandwichs caseros se mata el hambre o accede a los baños que a esa hora significan algunos momentos de paciente espera. “No hay problema -cuenta el conductor- si se demora alguien lo esperamos. No hemos dejado nunca un pasajero en la estación”.

Puentes metálicos atraviesan luego los numerosos afluentes del Maule en una sinfonía de pitazos, brazo en alto del maquinista a una innumerable serie de “amigos” que lo salen a saludar al paso del tren, o, como antes, para avisar al perrito de las cercanías que las ruedas son de fierro y que ladrarle o intentar morderlas es simplemente una locura.

El sonido del mar, entre tanto, nos avisa que estamos llegando al fin de la línea. Constitución, el río Maule y la isla Orrego, la tristemente famosa por la cantidad de desaparecidos en el tsunami del 27 de febrero nos saludan desde lejos a través de la sinfonía de gaviotas, pitazos nuevamente del tren ante la imprudencia de conductores que insisten en atravesar la línea férrea cuando el convoy está próximo.

Constitución tierra de vientos, rocas perforadas y belleza extrema
“Por 10 luquitas, dice don Luis, les hago un paseo de una hora”. Es don Luis Bravo (97663940), el único taxista que aparentemente no se incomoda en repetir, una y otra vez, viejas historias del terremoto y del tsunami. Sentado al volante de su viejo taxi recorre calles, la costanera, lleva al turista por lo más lindo de su ciudad, cuenta que al menos ahora puede hacer ese recorrido porque ya “está todo “empavimentado” y después del 27 de febrero se arreglaron muchos lugares por donde jugaba cuando era niño. Pero la mar se llevó a mucha gente, reclama, no sé por qué no cuentan la firme. Solo aquí en Constitución murieron o desaparecieron más de 300 personas”. Cuentas que en su memoria podrían tener algo de razón pero que en definitiva solo muestran a un hombre que sintió en carne propia el azote de la naturaleza en esa fatídica madrugada del 2010.

El litoral aparece ahora en una variedad extraña de rocas enormes (entre medio la piedra de la Iglesia, símbolo de la ciudad), muchas de ellas horadadas por la acción de olas golpeándolas desde hace siglos atrás, cuando no esculpidas escalas en sus paredes, de increíble arquitectura, habitáculo natural de una variedad inmensa de aves y lobos marinos. Turistas nacionales y extranjeros hacen de esos parajes, el lugar ideal para registrar su paso por la ciudad que, 4 años después del terremoto, salvo algunas excepciones, pareciera recién construida. (Texto y gráficas: Tebni Pino)

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