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La región de O’Higgins, se caracteriza por su variedad productiva, dada su condición geográfica. Encontramos en ella una amplia gama de productos, partiendo por la cordillera, atravesando los valles y llegando al mar. El universo productivo deja a la Región en un lugar privilegiado para la actividad agrícola y sumado a esto, sus paisajes de invaluable belleza que invitan a la contemplación, al contacto con la naturaleza, a la comunión con nuestras raíces.

En la comuna de Requinoa, en el bellísimo sector de Pimpinela, nos encontramos con el Fundo Los Castaños, un lugar de ensueño que nos transportará tres siglos hacia atrás, con una casa patronal que, si bien está refaccionada, su construcción data del Siglo XVIII, conservando aún en su gran mayoría, los nobles materiales con que fue edificada.

img_7706Su actual propietario, Rodrigo Muñoz Ferrer, Agrónomo especialista en fruticultura y enología, nos recibe acogedoramente y, luego de hacernos un interesante y educativo tour por la propiedad, nos cuenta la historia de ella, de su pasado, de cómo llegó a manos de su familia y de cómo ha ido cambiando su curso productivo.

Nacido en Chile, Rodrigo, por razones de trabajo de su padre, se fue pequeñito a vivir a Colombia, allí residió junto a su familia hasta que a los 19 años, decide regresar a Chile para estudiar en la universidad, coincidiendo con el momento en que su padre, Sergio Muñoz Pizarro, decide invertir en bienes raíces en Chile. De esa forma,  el fundo Los Castaños pasó a ser propiedad de la familia Muñoz Ferrer.

Los Castaños era un fundo muy conocido en su época, era el lugar donde los carabineros del sector guardaban sus caballos, se criaban muchas gallinas y uno de sus principales pilares era la lechería. De hecho, “cuando nosotros compramos, aún estaba la lechería en funcionamiento y, hasta el día de hoy existe parte de su construcción, como la sala de ordeña que en la actualidad se usa como bodega”.

La gran particularidad de Los Castaños, es la bodega “Mi Viejo”. En ella, Rodrigo hace sus vinos “Mi Luna”, producto de la viña “SMP”, inserta en el fundo. El vino se hace en forma absolutamente artesanal, lo cual lo convierte en único y especial; en él se encuentran toda le dedicación, los conocimientos y el amor que el agrónomo pone en su creación.

“Desde que aprendí a hacer vino en la universidad, no he parado de hacerlo, no tenía uva vinífera, entonces hacía vino con uva de mesa, en garrafa, de la forma más precaria, pero siempre me ha gustado ver el proceso y jugar un poco con él. Cuando empezamos a tener uva vinífera, que fue cuando mi tío hizo una pequeña plantación, el me pedía que le hiciera una barrica y yo hacía otra para mi, para la casa y, siempre moliendo las uvas con las manos, desde la cosecha, todo es artesanal. La cosecha la he hecho en dos modalidades: he cosechado bayas, que significa despalillar la uva en la mata, dejar el escobajo en la planta y con la mano remover los granos y, otras veces he cosechado cortando con las tijeras el racimo completo y luego en la bodega, se despalilla con la mano para en seguida moler las uvas, de manera que el escobajo quede intacto, nunca apretar ni moler el escobajo. Mi idea es mantener esa forma de moler, desde ahí parte el vino artesanal”, explica Rodrigo.

img_7731Y agrega: “todo el resto del proceso es muy artesanal en el sentido de que yo no uso bombas, no bombeo el vino. Esto significa no romper las moléculas grandes que tiene el jugo de la uva. Cuando uno bombea el vino, las aspas de la bomba tienden a romper estas moléculas y el vino tiene que volver a armarse. Tampoco hago procesos de filtrado durante la clarificación, espero que el vino se clarifique por gravedad, con mucha paciencia, dejo el vino quieto durante un tiempo, luego hago trasiego sin bombear. Pasado un tiempo, cuando el vino está con su clarificación terminada, espero a veces a que el vino se complemente con la madera, porque desde la fermentación alcohólica en adelante, los vinos aquí siempre están en roble, en barricas de roble usadas, lo que permite tener el vino mucho tiempo en la barrica. Cuando veo que el vino alcanzó una complejidad interesante, decido si mezclarlo con otras barricas y con cual y luego ya está listo para embotellar”.

“En todo este proceso siempre estuvo muy presente mi padre, en honor a él la bodega se llama “Mi Viejo” y la viña  “SMP”, son las iniciales de su nombre, a él le gustaban mucho los asados, acompañados de un buen vino y se sentía muy orgulloso cuando ofrecía o regalaba ese vino hecho por mí. De una conversación con mi padre, resultó el nombre “MiLUNA” para etiquetar mis vinos”.

Aunque cuesta un poco sacar a Rodrigo del enólogo, queremos saber un poco más de tantas cosas que cautivan nuestra atención en el fundo y entonces nos cuenta: “a orilla de camino, está aún la construcción de adobe que era la capilla y la casa habitación del cura cuando venía a alojar a la hacienda. Es una capilla con capacidad para unas treinta personas, con su altar pero, como tal, se deterioró antes de que nosotros llegáramos, de manera que yo nunca la vi en su función de capilla. Ya la conocí como bodega pero, la seguimos llamando La Capilla”.

Hay además otras construcciones que eran parte de la lechería, en torno a las cuales se tejen entretenidas historias propias del campo y sus habitantes y que Rodrigo nos cuenta con gracia y añoranza.

img_7724Y como no sólo de vinos vive el hombre, el fundo cuenta con una inmensa variedad de frutales. “Como soy fruticultor, siempre me ha interesado conocer las variedades  teniendo  un árbol para observarlo, ver cómo es su proceso fisiológico, es por eso que me he preocupado de tener una pequeña cantidad de arboles de cada especie frutal que se pueden cultivar en la zona. Trato de conocer el comportamiento de estos frutales en la realidad, interactuando con la planta”.

Como hemos disfrutado tanto la experiencia, le preguntamos a Rodrigo si le gustaría compartir sus conocimiento, su trabajo en el campo, en la viña, en la bodega, con más gente que se interesara en conocerlo: “A mí me gusta mucho enseñar, he hecho clases en la universidad y escuelas agrícolas y me gusta el asombro de la gente cuando se encuentra con algo nuevo, creo que es la forma como mejor se disfruta el conocimiento, he visto gente asombrarse con lo que tengo acá. El entorno es muy completo, muy natural, muy rústico además y me he dado cuenta que la gente que viene de la ciudad, disfruta de encontrar cosas que no conoce, que nunca ha tenido la oportunidad de ver, especies frutales que las conocen sólo del supermercado y no se imaginan cómo es la planta, cómo se cosecha, cómo se separa el fruto de la planta, es una experiencia que a la gente le gusta vivir y en ese sentido es bueno compartir”.

“Ha sido muy gratificante cuando he recibido algún grupo de gente, extranjeros que me han visto en pleno proceso de moler la uva. Luego de observar un rato me han pedido ayudar, primero uno y luego todos. Si bien es un trabajo cansador y tedioso, me di cuenta que hay gente que disfruta de otra forma el trabajo que uno hace cotidianamente. Fue tal la forma en que me agradecieron que yo les permitiera moler  uva, que me hizo pensar que para mucha gente debe ser atractivo vivir esa experiencia, poner las manos en contacto con las bayas, apretarlas, ver como sale el jugo, mojarse con el jugo, sentir los olores, son muchas sensaciones que se van sumando a ese momento, me encantaría compartirlo con más gente, invitar a más gente a vivirlo”, nos cuenta satisfecho el agrónomo.

101_4615En el lugar hay un horno de barro y Rodrigo sugiere: “si viene gente a la bodega, a conocer el proceso del vino, qué mejor que complementarlo con un asado, con una comida preparada en el horno de barro, queda realmente exquisita. Eso completaría la experiencia de haber pasado por acá porque, más que hacer vino para comercializarlo, me gusta hacerlo para que la gente lo disfrute, me gusta ver la cara de la genta cuando está disfrutando del vino que le estoy ofreciendo”.

Es difícil partir de ese lugar, hemos terminado conversando frente a la chimenea encendida, degustando uno de esos vinos que Rodrigo prepara con sus propias manos. El acogedor espacio y la calidez de nuestro anfitrión nos llevan a retrasar la partida, nos quedan muchas preguntas y a él muchas historias que contar y quedaba la última sorpresa: la noche nos muestra un cielo espectacular, las estrellas parecen estar al alcance de la mano y la Luna llegó para quedarse en Los Castaños. Y mirando ese cielo de Los Castaños, pensamos que tal vez de ahí nace la gran afición de Rodrigo por la astronomía, pero de eso ya conversaremos en otra ocasión.

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