02-Carlitos el chorito

En un roquerío donde revientan las olas, vivían los choritos negros.

Entre ellos, vivía Carlitos, un chorito que tenía como vecino a un gran erizo puntiagudo.

Esto, en lugar de alegrar a Carlitos, lo ponía triste. Cada día tenía que escuchar cómo los demás choritos del lugar se burlaban del pobre erizo:

03-Carlitos el chorito“¡Pinchudo!, ¡Pelo de aguja!, ¡Cabeza de palillos!”, le gritaban y luego estallaban en pequeñas carcajadas que se escuchaban en todo el fondo marino. La historia se repetía cada día.

“¡¡¡¡Basta!!!!!”,  dijo un día Carlitos el chorito, que ya no soportaba escuchar las burlas y ver la cara de tristeza de su vecino.

“¿Y a ti que te pasa?”, dijeron los choritos. ¿Es que acaso te crees un erizo? ¿Un erizo o un chorizo?” “Carlitos el chorizo”, “Carlitos el chorizo”.  Las carcajadas sonaron aún más fuerte.

Las burlas golpearon a Carlitos tan fuerte como olas de mar.

Su madre, que era una sabia chora, notó la tristeza de Carlitos. Y como era verdaderamente sabia, supo también la razón de la pena del pequeño chorito.

“Carlitos, no hagas caso de las burlas. Es bueno tener otro animal de roca cerca y me alegra que lo defendieras. Debemos respetarlo y quererlo por ser nuestro vecino. Algún día me darás la razón”.

Pero Carlitos, no quería saber de consejos y soñaba con vivir en una roca lejana y solitaria, donde ya no pudiera escuchar las burlas de los demás choritos.  En su cabeza seguía retumbando esa palabra: “chorizo”.

04-Carlitos el choritoEl curso de las cosas cambió el día en que un gran loco hambriento llegó hasta el roquerío. Uno a uno fue comiéndose a los choritos. El banquete era perfecto: los choritos estaban solos y desprotegidos. Todos menos uno: Carlitos. Al llegar a su roca, el loco no pudo acercarse, ya que se encontró con la gran defensa de su vecino, el erizo puntiagudo.  Enojado, continuó hacia otro roquerío.

La historia fue de roca en roca y desde ese día, todos los choritos negros comenzaron a respetar a Carlitos y de paso, a su amigo el erizo.  Comprendieron lo bueno que era tener un vecino diferente.

Sí, mamá chora, tenía razón: tener un vecino de otra especie era una verdadera suerte. Y ahora los choritos estaban de acuerdo en algo: había que quererlo y respetarlo, como a todas las criaturas del inmenso mar.

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